miércoles, 15 de junio de 2011

Quinta Estrella: Comprada

Tras aquella extraña conversación no tuve más remedio que levantarme. Ellos parecían saber muy bien lo que tenían que hacer… y no es que yo pudiese hacer mucho más para ayudarles. De hecho, mientras me alejaba de nuevo a la barra, pensé en lo estúpida que había sido: Ahora estaba descubierta, completamente expuesta. Y por muy fiables que parecieran ellos, ¿qué pasaría si finalmente sólo les interesaba su propia seguridad? Lo más sensato, después de que yo les hubiera contado todo lo que iba a pasar, es que ellos escapasen. Muy a mi pesar, no podría culparles por ello. De todas las opciones, aquella era sin duda la menos mala. Pero… ¿Y si aquellos hombres eran parte de la banda de los Carniceros, aquellos a los que debíamos matar? Entonces sin duda irían con el cuento a sus compañeros… y probablemente a mí me matarían, por un lado o por otro. Los Carniceros lo harían por su propia integridad. Los de mi banda, por traidora.
¡Cielos, cómo podía haber sido tan tonta! ¡Sin saberlo, acababa de firmar mi propia muerte!
Durante unos instantes palidecí. El orco que se encargaba del bar, Rurk, me miró con sus horribles facciones curvadas en una mueca de preocupación. Le observé cuando me preguntó si me encontraba bien y no tuve más remedio que asentir. ¿Qué podía decir? ¿Que probablemente había vendido a todo el burdel sin saberlo? Así que simplemente sacudí la cabeza para ahuyentar los malos pensamientos y recompuse una sonrisa, ofreciéndome a servir más mesas. Necesitaba tener la mente distraída.
En mis paseos pronto me percaté de que Allwënn y Gharin se habían levantado de la mesa en la que habíamos estado hablando. Se me aceleró el corazón cuando no les encontré con la mirada… Hasta que finalmente lo hice. Los dos mestizos hablaban con la Madame. Gharin esbozaba la sonrisa de un niño que está a punto de hacer una travesura. Allwënn seguía atendiendo a todo como si la mayor amenaza pudiera residir en las sombras. No entendí qué pasaba. De todas las suposiciones que habían pasado por mi cabeza, aquella no había aparecido.
Definitivamente tampoco me esperaba lo que pasó a continuación.
Madame pronto se fijó en mí y me hizo llamar con un gesto. Le indiqué que estaba ocupada con las mesas, pero su mirada no me dejó lugar a réplicas. Oh, Dios mío. Se lo habían contado. A la Madame. Puede que fueran de los nuestros y habían estado buscando algún traidor entre nosotras. Y yo lo era. Me matarían.
Cuando me acerqué, la Madame me cogió del brazo y me arrastró un metro apartados de ellos.
—¿Qué les has dicho?
Palidecí. La miré y boqueé un poco. Tragué saliva, observándola. ¿Sería mejor mentir o decir la verdad, en aquellos casos?
—No me mires así. Les has tenido que decir algo. O darles algo. O enseñarles algo. ¡Esos dos jóvenes dan 20 Ares por ti, muchacha! ¡20!
Me perdí. Mi nerviosismo se detuvo para dar paso a la incomprensión. La miré frunciendo el ceño, como una alumna que no entiende la lección que le brinda su maestro.
—¿Disculpe?
—Sí, yo tampoco lo entiendo. Pero parece que… tu conversación les ha parecido muy interesante —y me lanzó una mirada por todo el cuerpo que parecía evidenciar que mi conversación no era lo que podía interesarles—. Sea como sea, no pensaba hacer que subieras a las habitaciones hoy, muchacha. Eres un poco mojigata —el comentario dañó en lo más hondo mi orgullo— y nunca has estado ahí. Pero… 20 Ares, son 20 Ares. Enciérrales en una habitación y tenlos ahí toda la noche. Hazles sudar y mantenles lo suficientemente ocupados como para que no se enteren de nada de lo que va a pasar.
A esas alturas, no comprendía nada. La miré con incredulidad, los ojos un poco más abiertos, y alcé las cejas. El rubor había subido de manera irremediable a mis mejillas y sentía la cara arder.
—Pero…
—¡Pero nada! ¡Ve a cambiarte y apresúrate!
No tuve más remedio que obedecer. Cuando pasé por al lado de los misteriosos visitantes, Gharin me miró con picardía, de arriba abajo. Allwënn me observó y casi me pareció divertido. Cuando se miraron entre ellos, distinguí en sus ojos una conversación vedada.
Tramaban algo y yo, de nuevo, no sabía qué.

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